¿Cómo la tecnología geoespacial se vuelve clave para gestionar suelos sanos?
- proyectogeosatelit

- 9 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Durante buena parte del siglo XX, conocer el estado del suelo significaba abrir calicatas, tomar muestras y enviarlas a un laboratorio. Son técnicas que siguen siendo la base de la ciencia del suelo, pero tienen límites claros. Requieren tiempo, personal capacitado y solo entregan información de puntos aislados en un territorio que puede ser enorme.
En paralelo, la degradación de suelos y la presión sobre la agricultura se han intensificado. La FAO recuerda que alrededor del 95 % de los alimentos proviene directa o indirectamente del suelo y que su manejo sostenible es condición para la seguridad alimentaria y la resiliencia climática.
Ante ese escenario, la pregunta es evidente: ¿cómo gestionar un recurso tan extenso y dinámico con métodos de medición esencialmente puntuales?

Satélites que leen la piel de la Tierra
Los programas de observación de la Tierra han dejado de ser una curiosidad científica para convertirse en infraestructura crítica. Por ejemplo, el programa Landsat mantiene desde 1972 el archivo continuo más largo de imágenes de la superficie terrestre, permitiendo seguir cambios ambientales y de uso del suelo a lo largo de décadas. En Europa, el programa Copernicus y su constelación de satélites Sentinel ofrecen información sistemática sobre condiciones de la superficie terrestre. Ofrecen imágenes ópticas de alta resolución diseñadas para monitorear vegetación, suelos y zonas costeras, con revisitaciones frecuentes y cobertura global.
En términos simples, estos satélites no “ven” el suelo como lo hace el ojo humano, sino que registran cómo la superficie refleja o emite radiación en diferentes longitudes de onda. A partir de esas firmas espectrales es posible inferir propiedades relacionadas con la humedad, la cobertura vegetal o ciertos procesos de degradación.
El suelo como “big data”: indicadores, tableros y misiones
Sin datos de calidad sobre el suelo es imposible gestionarlo bien. La FAO, por ejemplo, subraya que medir y monitorear parámetros físicos, químicos y biológicos es condición para aplicar prácticas adecuadas y garantizar la seguridad alimentaria.
En Europa, la Misión “A Soil Deal for Europe” se propuso que, de aquí a 2030, al menos el 75 % de los suelos de cada Estado miembro sean sanos o muestren mejoras claras según un conjunto de indicadores comunes. Para ello, se están definiendo indicadores de salud de suelo que incluyen propiedades físicas, químicas, biológicas y de paisaje, pensados para ser monitoreados de forma operativa con teledetección y redes de observación en terreno.
En conjunto, estas iniciativas, y otras más; reflejan un cambio de paradigma. El suelo deja de ser una cifra estática en un informe técnico y pasa a convertirse en una variable dinámica, integrada en sistemas de observación continua del territorio.

Un recurso antiguo, una mirada nueva
El suelo es uno de los recursos más antiguos que conocemos y, paradójicamente, uno de los que menos habíamos observado de manera sistemática. La tecnología geoespacial está cambiando esa historia. Hoy podemos seguir, casi en tiempo real, la huella de la erosión, el avance de la salinización, la pérdida de carbono orgánico o los efectos de prácticas regenerativas.
La cuestión ya no es si tenemos capacidad de medir mejor el suelo, sino qué haremos con ese conocimiento. Si satélites, drones, robots y SIG se convierten en aliados de agricultores, comunidades y autoridades, la enorme cantidad de datos que generamos cada día puede traducirse en algo muy concreto: suelos más sanos, manejados de forma sostenible y capaces de sostener la vida en el largo plazo.













































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